La previa a Lolla, por Loreto Aravena Soy de esa época en que uno era afortunado si tenía tele. Más afortunado si nadie te ponía trabas para ver un programa infantil que aseguraba baile y canto toda la tarde. Yo soy de la época de Los Bochincheros, y cuando me llevaron a verlos en vivo, […]

La previa a Lolla, por Loreto Aravena

Soy de esa época en que uno era afortunado si tenía tele. Más afortunado si nadie te ponía trabas para ver un programa infantil que aseguraba baile y canto toda la tarde. Yo soy de la época de Los Bochincheros, y cuando me llevaron a verlos en vivo, la emoción sobrepasó todos los límites (tanto, que a estas alturas aún me acuerdo). Nada como ver a La Chancha Piggy a pocos metros de mí, haciéndome “chao” con sus guantes blancos, y nada como escuchar, en vivo, el hit de Don Pepito. Aunque las melodías estaban muy lejos de coquetear con el rock -ingrediente que sí o sí tienen que tener las canciones para niños ahora-, era mi primer concierto y eso me desató emociones suficientes. Tuvieron que pasar 12 largos años, eso sí, para volver a sentir lo mismo —ya con Ana Torroja sobre el escenario, no con el Tío Memo—, porque los conciertos para niños no estaban a la orden del día.

Es ridículo pensar en lo mismo ahora; tener que decirle a un niño que deberá esperar una década más para volver a ser parte de una masa espectadora. Luego del debut de Kidzapalooza hace siete años ya, algunos padres agarramos la mala costumbre de exigir una buena y nutrida cartelera de shows infantiles durante el año y, peor aún, la muy mala costumbre de exigirles una “pata infantil” a los eventos de música para adultos (si no es con escenarios, con talleres y actividades varias). Y se ha cumplido, en parte, con festivales de rock como el Neutral y eventos como el Piknic Electronik, que tiene cuentacuentos, pintacaritas y juegos para los mayores de dos años.

Pese a todo, sigue siendo Kidzapalooza el mejor de todos los formatos. En esa pequeña aldea colorida y feliz se escucha fuerte el rock y se mantiene a los niños entretenidos todo el día en los más de 10 talleres gratuitos repartidos en pequeñas carpas y domos. Ahí se puede encontrar desde clases de skate, magia, danza y tatuaje, hasta uno de lenguaje de señas.

Nada ha superado aún a este lugar que piensa en las madres con guaguas y les pone salas de lactancia, y en las que andan cargadas de colados, y les pone microondas. Aún no me he encontrado con otro espacio que fomente la música entre los niños a tal nivel, que tenga “clínicas” de guitarra para padres e hijos que no conocen un solo acorde. Sí me he topado con formatos que intentan parecerse y nada me puede parecer mejor. Habla del interés, de un mercado y, lo que más me importa, de un lugar donde llevar a los niños para que lo pasen bien y sean felices.