A punto de cumplir 81 años, Héctor Noguera lleva un ritmo vertiginoso, lleno de proyectos teatrales, televisivos y cinematográficos.

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Mayo 31, 2018

Hasta un libro de memorias está escribiendo el actor y dice que no va a parar, porque el oficio que escogió hace 60 años llena sus días y nutre su espiritualidad.

Este fin de semana puede verlo en la obra El padre, en el Teatro Municipal de Las Condes.

Si no fuera porque aún le cuesta un poco mover el cuello, nadie sospecharía que hace dos años Héctor “Tito” Noguera Illanes (80) estuvo al borde de la muerte después de caerse de un caballo. Dice que su recuperación, a punta de cuidados médicos, bastante ejercicio físico y mucho trabajo, ya está en un 98%.

Despista, además, porque en los últimos meses estrenó varias obras teatrales, entre ellas El padre, sobre un anciano que está perdiendo la memoria y que está bajo el cuidado de su hija, montaje que coprotagoniza junto a su hija Amparo y que vuelve a la cartelera este fin de semana en el Teatro Municipal de Las Condes.

En julio, se viene otra más: La vida es sueño, el clásico de Calderón de la Barca que Noguera ha montado en los últimos 30 años. Y como si fuera poco, afina dos proyectos teatrales más, está grabando una teleserie para Mega, escribe sus memorias e imparte talleres en el Teatro Camino, esa sala y compañía que creara en los 90 en la Comunidad Ecológica de Peñalolén.

—¿Qué mueve al también decano de Artes de la U. Mayor? Sus tres motores: su familia, su fe y su profesión.

No es fácil sobreponerse a un accidente tan grave.

“Pasé por encima de mis miedos, porque tuve mucha ayuda. Tengo hijos y una mujer que estaban conmigo, más mis amigos y el teatro. Son mis bases de sustentación, como también el don de la fe y la esperanza”.

En esas dos palabras resume su religiosidad, que ha retomado gracias a la lectura de libros sobre budismo y el análisis de los Evangelios.

“No disfrutaría tanto tener fe y esperanza si no hubiera pasado por el proceso de dudar. Nací en una familia 100% conservadora y católica. Todo mi entorno era así, también mi colegio, el San Ignacio de Alonso Ovalle. Ahí tú no dudas, pero cuando creces, entras en un período de revisión y negación. Con el tiempo, sin embargo, cosas que habías dejado de lado comienzan a hacerte sentido. No soy católico, pero me pasa con algunos pasajes de los Evangelios. Lo mismo con los libros de budismo que han llegado a mis manos”.

—¿El teatro es también una religión?

“Lo es”, dice tajante, y cuenta cómo la espiritualidad ha tomado un rol preponderante en su vida, derivando en dos proyectos que verán la luz hacia fines de año: el montaje de la obra que escribió Rafael Gumucio sobre San Pedro y San Pablo y sobre cómo la Iglesia tuvo dos líderes, y una investigación acerca de la figura de Jesús. “Son propuestas que se entrelazan y que tienen que ver con mi vida actual, más espiritual que antes”, enfatiza.

—Desde esa perspectiva, ¿cómo ve los escándalos en la Iglesia Católica?

“Son reflejo de la falta de espiritualidad en que estamos, en un mundo del que los sacerdotes son parte, como todos. Es un signo más de una época en que la ambición, el materialismo y la hipersexualización arrasan con la espiritualidad y la bondad”.

100% actor

Completar 60 años sobre las tablas no es trivial, menos mantener incólume la pasión por su oficio. “Cuando entré a estudiar Teatro, mi vocación era sencillamente ser actor y estar todo el día en esa función. Si uno quiere ser esto o aquello, el objetivo es lograrlo y no pensar en otras cosas. En la medida en que uno es fiel a eso, lo demás -roles protagónicos, premios- llega. Y si no, igualmente se está cumpliendo el objetivo principal”.

—Cuando recibió el Premio Nacional de Artes de la Representación, en 2015, podría haber dicho “llegó el momento de descansar”. Pero está más activo que nunca.

“Por eso digo que mi meta nunca ha sido ganar premios. Aunque estoy feliz de haberlos recibido, sigo adelante, porque mi objetivo de ser actor no ha muerto; quiero seguir vivo y con buena salud para continuar en lo mío”, declara sin titubeos.

Hoy, copa sus días el reestreno, este fin de semana, de El padre, la obra del dramaturgo francés Florian Zeller que debutó el año pasado en el Teatro UC y a la que le fue muy bien, tanto en crítica como en público. Ahí es dirigido por su yerno, Marcelo Alonso.

—Ha dicho que le emociona que le digan “padre”.

“Me emociona la palabra por algo autorreferencial. Mi padre falleció cuando yo tenía dos años y medio. Alcancé a decir muy pocas veces papá y el hecho de tener cinco hijos que me llamen así me emociona. Hay una cosita por dentro que me conmueve”.

—La obra habla del alzhéimer. ¿Le tiene miedo a esa enfermedad?

“Imposible que no sea así, cuando uno lo ve alrededor a cada rato. Más si pensamos que en Chile, en general, los viejos no son bien tratados. Tienen pensiones miserables, no se consideran sus capacidades, no tienen lugares de albergue decentes. Muchos viejos viven en hogares que ni siquiera son legales, donde nadie controla cómo se les trata. El cuidado de los viejos implica vocación, porque es muy difícil. Y eso se refleja en la obra”.

—Eso de discriminar a los viejos, ¿pasa también entre los actores?

“No podría decir que me siento discriminado y pienso lo mismo respecto de varios colegas de mi edad. Pero otros no han resistido el paso del tiempo, lo que tiene que ver con la ley de la vida, con el hecho de que el teatro elige solo a algunos para seguir. Uno escoge al teatro para ser actor, pero después de un tiempo es el teatro el que te elige a ti para seguir o no. Me siento privilegiado, porque el teatro me ha dado el pase”.

—A través de la universidad y de los talleres está cerca de los jóvenes. Eso debe ayudar a estar vigente.

“Es que me siento joven. Si me miro al espejo o intento cosas que ya no puedo hacer, como correr rápido, me doy cuenta de que no lo soy. Pero son cosas más externas que internas. Interiormente, me siento con la misma pasión por hacer teatro, con el mismo afán de buscar y experimentar”.

Aunque no tiene Facebook ni Twitter, Noguera dice que no es de esos que se quedan en el pasado. “Estoy atento a cómo miran el mundo los jóvenes, que no es exactamente como lo veo yo a mi edad. Me interesa conocer su visión, eso me completa. No me gusta ser de los que piensan que el pasado de uno fue mejor. Hay cosas que antes fueron mejores, pero no me gusta quedarme en eso”.

—¿Cómo ve al teatro chileno hoy?

“Tiene una presencia ciudadana que nunca antes había tenido. Ahora somos parte de la vida de la ciudad. Yo tengo el Teatro Camino, en Peñalolén, y aunque no todos los vecinos van, sí todos saben que existe. Además, desde hace unos años no es raro ver obras que llenan las salas todos los días y que se transforman en temas de conversación”.

—¿Qué produjo ese cambio?

“Ahí ha sido importante el trabajo de Santiago a Mil y de otros festivales para promover el teatro y hacerlo parte de la vida de todos”.

—Pero falta generar nuevas audiencias.

“Es necesario que desde la educación más temprana el niño tenga la experiencia de las artes. Si un niño escribe un poema y el colegio lo toma en serio, eso marca y de ahí en adelante él va a leer e, incluso, puede que siga escribiendo. Todos los niños son artistas, no hay ni uno que no cante, que no baile, que no dibuje. La educación debe tomarlo en cuenta y eso va a hacer que las artes tengan más público, porque si lo experimentaste de niño, la literatura o el teatro no te van a ser extraños”.

El cine, la tele y un libro

El actor tampoco se resta de opinar sobre temas contingentes, como el movimiento feminista.

“Todas las injusticias que pesan contra la mujer tienen su causa principal en el machismo, que a veces asoma hasta entre los que decimos que no somos machistas. Si uno pone atención, aparecen frases, actitudes que no por haber estado ahí, iteradas, son justificables. Llega un momento en que hay que revisar lo que se considera costumbre y cambiarlo. El machismo hay que combatirlo tenaz y duramente, porque creer que las mujeres son inferiores no tiene justificación lógica”.

Es tanta su vigencia que el cine y la TV tampoco han echado al olvido a Noguera. En 2014 filmó la película uruguaya Mr. Kaplan -sobre un judío que decide darle sentido a su vejez capturando a un supuesto exoficial nazi- por la que obtuvo varios premios, como el de Mejor Actor en el prestigioso Festival de Biarritz.

En televisión, después de dos años de ausencia debido a su recuperación médica, Mega lo llamó para que hiciera de arzobispo en Perdona nuestros pecados y desde hace un par de meses está grabando otra telenovela para el mismo canal, que lleva el nombre tentativo de Casa de Muñecas. “Ahí formo parte de un matrimonio de adultos mayores, con cuatro hijas casadas, que decide separarse”, adelanta.

—Muchos actores dicen que hacer una telenovela es extenuante. ¿Por qué seguir apostando por ellas?

“Hace años hacíamos telenovelas a regañadientes, pensando que no estaban a la altura de lo que uno aspiraba intelectualmente. Yo mismo me resistía, hasta que me llamó Vicente Sabatini para que por favor leyera el primer capítulo de Sucupira. Quedé fascinado y ahí cambió mi visión.

Ahora que pasé dos años sin hacer teleseries a veces decía ‘mejor, así me siento más libre’. Pero bastó que me llamaran de Perdona nuestros pecados para aceptar con alegría. Es un trabajo que me gusta, con una alta exigencia, porque no tienes tiempo para prepararte, debes resolver en el momento y para eso tienes que escuchar a tus compañeros, estar muy concentrado”.

—¿Algo en cine?

“Hay algunos cortos que me han ofrecido y un largometraje que va tomando forma basado en una obra de teatro que hice el año pasado, Cordillera, sobre los presos de Punta Peuco”.

—Como si fuera poco, está haciendo una autobiografía con la ayuda de su hijo Damián.

“No es una autobiografía propiamente tal, porque eso sería muy largo y difícil de hacer. Estoy escribiendo relatos seleccionados sobre aquellos pasajes que más influyeron en mi vida. La mayoría tiene que ver con la vocación de ser actor y con seguir con esa motivación a lo largo de los años. Estamos trabajando para que salga este año, pero no es seguro”.