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72 horas de vacaciones dentro de la ciudad

Para olvidar la semana de trabajo, para ser atendido todo el día o por el simple gusto de hacer algo diferente, varios hoteles sirven de buenos pretextos para internarse un viernes y no salir hasta el domingo, a las 4 PM. Elija entre estos 12, según lo que tiene pensado. En el número 15 de […]

Para olvidar la semana de trabajo, para ser atendido todo el día o por el simple gusto de hacer algo diferente, varios hoteles sirven de buenos pretextos para internarse un viernes y no salir hasta el domingo, a las 4 PM. Elija entre estos 12, según lo que tiene pensado.

En el número 15 de la Place Vendome de París está el Ritz. Ahí, la diseñadora Coco Channel vivió durante 30 años. No le gustaba cocinar ni ordenar. “El Ritz es mi casa”, decía, sin que el precio que pagaba le importara.

Hoy existen otras maneras de desconectarse de los deberes domésticos por 72 horas y pagando menos. La gracia de los programas de fin de semana que ofrecen los hoteles para chilenos ahora -sobre todo en Santiago y la V Región- está en la variedad. Están los que ofrecen piscinas templadas con vista al mar, 10 tipos de masajes, salas de ejercicio 100% tecnologizadas y los que tienen desayunos abundantes y sofisticados. Eso, además de chefs pensando constantemente en cómo sorprender con platos únicos a sus huéspedes.

“Irse a un hotel por el fin de semana es un premio, un poco hedonista, por el trabajo hecho de lunes a viernes. Tiene que ver con no hacer nada, con reencontrarse con la pareja, a solas, pero estar ubicables, cerca de la casa”, explica Hernán Passalacqua, CEO de la consultora de proyectos turísticos Fitzroy.

Puede optar entre sumergirse en esas cadenas donde sólo se saludará al botones y se despedirá de él, porque los grandes espacios le garantizarán no toparse con nadie. O puede irse a uno más pequeño, más boutique, donde alguien le ofrecerá un café a media tarde mientras hojea los hipnotizantes libros Taschen de la biblioteca del lugar.

SANTIAGO DESDE OTRO ÁNGULO

Hernán Passalacqua dice que la tendencia de escaparse los fines de semana dentro de la ciudad partió hace una década, y que en los dos últimos años ha aumentado. Sirve para cambiar de aire y para ver, desde otro ángulo, las calles de siempre.

Como Vitacura, el cerro San Cristóbal y la cordillera de Los Andes desde el piso 12, donde está el lobby (Sky Gallery) del hotel Hyatt Place Santiago, además de sus mesas para sentarse a comer o beber tranquilamente un café. Recién inaugurado en Américo Vespucio, las habitaciones van desde los $ 90.000 por pareja, con desayuno incluido, estacionamiento gratis, acceso a la piscina interior del piso 13 y a un gimnasio cuyas máquinas tienen conexión a internet, música y hasta juegos de cartas. Eso, además de una tecnología que simula paisajes por los que se camina.

El concepto acá es menos formal que en otros lados, pues el mismo recepcionista lo atenderá en el restaurante y le venderá algo del Mercado, ese rincón con exquisiteces que se pueden llevar a la pieza. La terraza promete para primavera, con vista directa al oriente, y prometen también las tarifas rebajadas para chilenos durante las Fiestas Patrias.

Muy cerca de ahí, en Av. Kennedy, está el nuevo hotel de la cadena norteamericana Rennaisance, de moderna y acogedora decoración en sus salones y habitaciones. El mejor pretexto para “internarse” acá es la manera en que puede comenzar su viernes. En el -1, está el D-Bar, hay cómodos sillones o mesas de cuero junto al bar, donde puede probar unos de sus hits, el pisco sour de chirimoya ($ 5.900) y algunos de sus piqueos, como el tataki de atún ($ 7.800).

El sábado sigue igual de bien, con el desayuno buffet. Algo que de entrada le da muchos puntos es que tienen Nutella, así como también una variedad de quesos y frutas. ¿Para relajarse a mediodía? Dos opciones: el spa del -2 (con masajes de relajación de 50 min., $ 35.000, o desintoxicante, de $ 37.500) o el café-bar Kaitek, donde puede pasar un rato agradable bebiendo un aperitivo mientras espera la hora de almuerzo. La música es muy agradable: puro lounge y bossa nova de la mejor.

Otro de los sitios que permite mirar la capital desde lo alto es el Hotel Plaza El Bosque, con sus 17 pisos en pleno barrio financiero. Tiene su encanto, sobre todo por su piscina a 28 grados, que la hace perfecta para esas tardes de invierno y una vista al atardecer que es inigualable. Los fines de semana hay precios especiales para chilenos ($ 100.000 + IVA), con un desayuno buffet servido en el último piso -con unos muffins con chocolate irresistibles y buena variedad de fiambres-, late check out (4 PM), estacionamiento subterráneo (por calle Helvecia) y un gimnasio ubicado al lado de un patio de luz, que tiene tantas máquinas que no deberá pelearlas.

Impensado hace pocos años que alguien pudiera ir a pasar unas “cortas vacaciones” a Lo Barnechea, a un hotel de la categoría del Radisson Petra. Abierto en 2010, es un lugar apacible en medio del ajetreo de Av. La Dehesa. Si va de viernes a sábado, pida algunas de las terapias corporales para empezar así la estadía: tienen masajes con piedras calientes o de reflexología ($ 37.000) y limpiezas faciales express ($ 19.000).

En la noche, para no salir del hotel, vaya al restaurante del primer piso, el Zafrán, donde las opciones recomendadas por el chef son el carpaccio de camarones con confit de papayas ($ 11.500) y, de fondo, paletilla de cordero, cocida al jugo, muy suave, con chalotas asadas ($ 10.800). ¿De postre? La torta ópera, de chocolate bitter y salsa de toffee($ 4.800). De regreso en la habitación, le sorprenderá la decoración de ésta, amplia y algunas con jacuzzi.

Si el sábado en la mañana quiere tener un momento de ocio, siéntese en el cómodo living ubicado a un costado del lobby. Pasará el tiempo volando si se sumerge en el libro de Utagawa Hiroshigeo, dibujante, grabador y pintor japonés.

De 15 pisos, el The Ritz-Carlton se hace notar en Av. Apoquindo. La mejor vista se obtiene desde el spa, casi en 360º, la que puede disfrutar desde la piscina o el jacuzzi. Pida algo del bar de jugos, que está a un costado, que pueden ser naturales o infusiones (incluidos en la estadía). Pasar un fin de semana ahí es sumergirse en un ambiente clásico y elegante, con madera por todos lados y destellante quincallería. Si no quiere salir del hotel, llegue a cenar al Arola, un restaurante conocido por sus tapas y una buena variedad de vinos por copa. Si se queda de sábado a domingo, pida el late check out (sujeto a disponibilidad).

Si lo que busca es un hotel de menor escala, con menos pasajeros pululando a su alrededor, con arquitectura vernácula y espacios comunes de cuidados detalles, debe optar por uno boutique. En pleno barrio Bellavista, en Constitución, está el nuevo hotel Castillo Rojo, levantado en la casona colorada que le da el sello a la Plaza Camilo Mori.

De 1923, fue remodelada varios años para darle vida a salones decorados por Hugo Grisanti y baños reacondicionados a la usanza antigua. La calidez interior se la da la madera de los pisos y los muros con piedra a la vista, que retrotraen a un refugio montañés.

Como aún no tienen restaurante, el precio de la estadía incluye la cena en la Brasserie Petanque, donde hay que probar un clásico francés, el pato a la naranja, que viene acompañado de papas a la crema. Aunque está en un lugar complejo para estacionar, tienen espacio si va en auto, gratis, en Mallinkrodt.

También central, aunque no boutique, está el hotel Ismael 312, que ofrece una experiencia distinta, por estar entre los antiguos edificios de Ismael Vergara, frente al Parque Forestal y a solo un par de cuadras del Museo Bellas Artes. Son nueve pisos, todos con balcón, desde los cuales el centro se ve, incluso, más bonito.

Adentro se siente como en casa, no sólo por la biblioteca disponible para sus pasajeros, sino por los cómodos sillones de cuero y las sillas Valdés repartidas en varios salones, bañados de luz natural. El hotel tiene, además, un toque urbano, por su cercanía con los barrios céntricos y porque sus espacios comunes -como la pequeña cafetería que da hacia Monjitas- recibe a quien quiera entrar. El arte tiene especial importancia en este hotel: fíjese en los murales de cada una de las piezas, hechos por Claudio Palominos, famoso por su incursión en cuerpos pintados, y en el grande que está a lo largo de la escalera, hecho por Ramuntcho Matta.

También es un lugar para el puro hedonismo acá, pero en meses de más calor: una pequeña alberca instalada en el rooftop, con vista al río y al San Cristóbal.

PARA PORTEÑOS Y VIÑAMARINOS
Sólo el ver la entrada del Palacio Astoreca Hotel, en el Paseo Yugoslavo del Cerro Alegre, traslada en el tiempo. Logrará, por lo mismo, una desconexión con sólo estar en los salones de sillones aterciopelados, lámparas de lágrimas modernas y pisos de madera, que hasta crujen. En uno de ellos, incluso, hay un piano de cola, el que las noches de fin de semana es ejecutado por un pianoman con un amplio repertorio: desde jazz hasta covers de Daft Punk. Siéntese a beber su copa de vino y degustación de quesos que incluye la bienvenida.

Sepa que si está ahí, está al lado de un restaurante de marca: el Alegre, cuyo chef es Francisco Araya, quien trabajó en El Bulli y quien abrió un restaurante en Tokio, por el que recibió una estrella Michelin en 2013. Se nota, porque acá uno de sus platos es simplemente perfecto: la lengua de vacuno con ñoquis de polenta en caldo de garbanzo tiene una textura suave y un sabor intenso. Este está incluido dentro del menú de degustación de 12 tiempos, que ofrece la estadía.

La relajación no queda de lado en este hotel hecho sobre un antiguo palacio de 1923: en el subterráneo hay un spa, que incluye una piscina, un sauna seco y un hot tub, todas atracciones que puede complementar con un masaje, que es mejor reservar con tiempo de anticipación, porque es mucha la demanda.

Para los que prefieren las calles del barrio de Recreo, en la Av. Diego Portales está el hotel boutique Domus Mare. Emplazado en una antigua casona de estilo inglés, tiene 10 habitaciones con vista limpia al Club de Yates de Recreo y salones y terrazas con la misma visión.

Fue remodelado por cinco años y de su decoración se mantuvo el estilo inglés, con papeles murales vueltos a traer desde allá, lámparas (tipo chandelier, encargadas a Bélgica) y cojines suecos, con motivos de la realeza europea. Los baños merecen mención aparte: algunos tienen cerámicos de ónix amarillo y grifería de cobre.

Todas las piezas cuentan con jacuzzi; la suite, lo tiene al aire libre, en la terraza. El desayuno se sirve a la mesa -no es buffet- en un salón con piso de mármol afgano negro. No se pierda el jugo de durazno natural, los huevos preparados al gusto del cliente (pochados, fritos, revueltos) y las tortas artesanales, como una de bizcocho de chocolate con dulce de leche y frutos rojos.

Por el momento, Domus Mare no tiene restaurante, pero si lo pide, hay sándwiches de salmón ahumado patagónico, rúcula y lechuga ($ 7.900). Si quiere algo más elaborado, el hotel le llama un taxi para que en cinco minutos esté sentado en Portofino, del vecino cerro Esperanza, que nunca decepciona con su amplia carta de mariscos y pescados.

Bajando a la costanera, a un costado de la playa Caleta Abarca está el Sheraton Miramar, con ocho años de construido, una característica forma de crucero y 142 habitaciones, todas con vista al mar. Lo mismo el restaurante, el bar, el gimnasio y el spa.

La mejor manera de aprovechar una tarde de sol y el ocaso es en el bar Farewell. Mejor si los bartenders Marcelo y Julio se inspiran e improvisan. La mezcla de pisco triple destilado, jarabe de maracuyá, jugo de pepino y limón de pica, más hielo y azúcar, no se puede dejar pasar ($ 5.000).

En el nivel -1 esperan el sauna y la piscina de hidromasaje, donde caben cerca de seis personas. Se puede usar de noche, para mirar las luces de los barcos que ingresan a la bahía de Valparaíso. Aproveche de pedir un kobido, masaje facial japonés más profundo, que trabaja a nivel de musculatura (desde $ 27.000).

Aprovechando que el sol ha salido varios fines de semana en la costa, vaya a respirar aire marino a la terraza del primer piso, desde tendrá una bonita vista hacia la piscina y la bahía. Si le da frío, le pasan mantas y le llevan un café.

En el restaurante Travesía hay platos especiales para compartir entre dos. Como el jardín del mar, contundente, con locos, ceviche, tiraditos, pinzas de jaibas, ostiones y tártaro de salmón ($ 19.000), y el filete de congrio apanado, servido con cremosa de maíz y ensalada a la chilena ($ 11.200).

Siguiendo por la costa viñamarina hacia el norte, Concón tiene dos lugares para descansar con “D” mayúscula: el hotel boutique Casadoca y el Radisson Acqua Hotel & Spa Concón.

Ubicado en Av. Borgoño, cerca de la caleta Higuerillas, en una antigua casa que deja ver la piedra y la madera, y un cuidado antejardín, está Casadoca. Abierto hace más de tres años, fue bautizado así por la doca, la planta rastrera típica de la V Región, con flores fucsia.

En este lugar no se ven niños corriendo por los pasillos (la edad mínima para ir son los 15 años), por lo que es ideal para ir en pareja. Hay seis habitaciones, algunas con tina de hidromasajes incluida. Pero también tiene spa con sauna, jacuzzi y una sala para masajes de relajación ($ 30.000). La gracia es que se puede reservar para usar por una hora y con exclusividad.

Por las tardes, el living de la casona invita a quedarse ahí y leer alguno de los títulos en castellano, inglés, francés y alemán; incluso puede dejar uno y llevarse otro para la casa, en una especie de cambalache. Siéntese en los sillones mullidos y tome un café de grano, que no se cobra, o un pisco sour con limón de pica ($ 3.500). El calor de la chimenea y la vista al Pacífico completan el cuadro.

El restaurante es otro gancho del lugar. Todos los días, el chef propone un menú ($ 23.000, en promedio) con tres alternativas de entrante, fondo y postre. Pero está abierto a escuchar sus peticiones y personalizar los platos, entre los que siempre hay algún pescado -mero, atún y corvina, entre otros- del día.

Un par de kilómetros más al norte, también en Av. Borgoño, está el lugar perfecto para la relajación. El fuerte del Radisson Acqua es su piscina de agua de mar, muy caliente, que alivia dolores de artrosis, es un drenante y exfoliante natural y tiene efectos de renovación sobre las células madre. Pase antes de entrar al agua, por las camas con luces infrarrojas, a un costado de la piscina.

Le ayudarán a descontracturar la espalda si se pone como tomando el sol. A este hotel se va por el fin de semana, pues existe pack que incluye viernes y sábado. Por eso, tendrá tiempo de sobra para disfrutar todos sus rincones. Si el día está más soleado, atrévase con el hot tub ubicado en el rooftop, adonde le podrán traer un coctel desde el bar Acqua.

Otro de los rincones imperdibles es el bar Bucanero, que al estar hecho con muros de piedra da la sensación de ser un refugio montañés. Más todavía, si al lado irradia el calor de la chimenea, que prenden todos los días después de las 7 PM. Pida uno de los cuatro tipos de mojitos ($ 4.900) o una de las tablas de queso (entre $ 8.500 y $ 11.900) o las empanaditas de camarón-queso o queso-macha ($ 4.400, las cuatro unidades).

El desayuno está incluido en la estadía y consiste en un buffet convencional. Después puede quedarse en los cómodos y pequeños livings, todos con vista al mar, que hay en el primer piso. Si le da hambre puede pedir un sándwich y un café, porque siempre hay alguien mirando si necesita algo.
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LA SUITE MÁS CARA DEL MUNDO
Es la Royal Penthouse del Hotel President Wilson, en Ginebra, Suiza. Cuesta US$ 83.200 (unos 48 millones de pesos) por noche). ¿Los vale? Juzgue usted: tiene 12 habitaciones, 12 baños de mármol y una terraza con vista a Los Alpes. Además, cuenta con chef, mayordomo y asistente personal privados.

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