Culto
Por:

¿Donde viajar estas vacaciones?

¿Partir a Argentina, Ecuador, Perú, Panamá o Brasil? Hay destinos menos manidos para programar este verano. Noviembre aún es una buena fecha para vitrinear y reservar, tanto en líneas aéreas como en hoteles. Nada es excesivamente caro en estos rincones de Latinoamérica que recomendamos. Y la gastronomía promete no defraudar. Algunos compraron su veraneo en […]

¿Partir a Argentina, Ecuador, Perú, Panamá o Brasil? Hay destinos menos manidos para programar este verano. Noviembre aún es una buena fecha para vitrinear y reservar, tanto en líneas aéreas como en hoteles. Nada es excesivamente caro en estos rincones de Latinoamérica que recomendamos. Y la gastronomía promete no defraudar.

Algunos compraron su veraneo en julio pasado, para el Cyber Day. Lograron entre un 30% y un 50% de descuento en pasajes a Europa y Asia, o bien, encontraron paquetes de seis días a Florianópolis por US $229 dólares.

Aunque las agencias de turismo coinciden en que los chilenos planifican sus vacaciones con anticipación, no pocos empiezan a conectarse con el descanso recién en estas fechas. “En general las ofertas salen en octubre y noviembre es el mes en que se concreta la compra, porque aún quedan boletos para los destinos más baratos”, dice la category manager de Cocha, Magdalena Leonvendagar.
Para el gerente de Negocios Regional de Viajes Falabella, Christian Meeks, éste es un buen mes para programarse. “Todavía queda una oferta amplia. El punto es hacerlo antes de diciembre, cuando empieza a agotarse todo”, dice.

En el rubro dicen que los chilenos han empezado a buscar destinos más exóticos como India, China y el sudeste asiático, pero ese tipo de viajes requiere de varios días y más presupuesto. Por eso, Finde seleccionó lugares dentro de Sudamérica aún poco explorados: Jericoacoara e Ilhabela, en Brasil, perfectos para familias y parejas; Bocas del Toro, en Panamá, para los solteros y parejas jóvenes; Mindo y playa Atacames, en Ecuador, para descansar; Huacachina, Paracas y Lunahuaná, en Perú, para familias; y Cariló y Pinamar, en la costa de Mar del Plata, para jóvenes y familias. Prepare su bloqueador solar, traje de baño y anteojos, y vaya a conocer estos rincones para vacacionar sin escuchar a cada rato el acento chileno.

EL ENCANTO DE JERICOACOARA
Ir al nordeste de Brasil es ir a un lugar con aguas cálidas aseguradas. Aunque puede haber días de lluvias en diciembre, enero y febrero, éstas son tropicales. Pero tener sol es más común.

Llegar a esta playa, ubicada a 300 kms de Fortaleza, es toda una aventura. Jericoacoara está en una zona semiárida, rodeado de dunas y, por lo tanto, sólo se puede llegar en autos con tracción: en una camioneta 4×4 arrendada (cerca de $ 100.000 el día, con aire acondicionado) o en bus y camión, que aunque remozado, debe compartirse con varios compañeros acalorados (línea Fretcar, ida y vuelta, $ 25.000 p/p).

Lo primero que hay que procurar para llegar a “Jeri” -como le llaman los lugareños a este lugar que en los 70 descubrieron los hippies- son los pasajes a Fortaleza. Si busca en www.lan.com para la primera semana de febrero, encontrará por $ 290.000. El viaje dura cerca de cinco horas desde Santiago, por lo que quizás no sea recomendable llegar y partir a Jeri. De todas maneras, el alojamiento es barato en esta ciudad.

La rutina en Jericoacoara es sencilla: o se dedica a disfrutar del mar por la mañana y a pasear por el pueblo con calles de arena, por la tarde, o hace paseos en buggy por el día a lagunas de aguas esmeralda con hamacas que rozan el agua mientras bebe su caipiriña. Si quiere hacer deporte, Jeri tiene escuelas de surf, windsurf y kitesurf para regodearse.

Aunque hay alojamiento en abundancia, el más recomendado es My Blue Hotel, por su limpieza, impecables piscinas, buen restaurante a la orilla de la playa -donde se puede encontrar atún sellado en sésamo muy fresco ($ 8.000), generosa caipiriña ($ 2.500) y abundante “café de la mañana”. No es barato (más de $ 100.000 diarios), pero si busca habitaciones en www.venere.com, puede encontrar ofertas. Lo más importante ahora, es que aún hay disponibilidad para febrero.

Por las tardes, todos peregrinan a la duna de Jeri, para ver la puesta de sol. Comience a subir a las 6 PM y no se preocupe si le da sed, porque arriba hay un carrito que vende cervezas, caipiriñas y jugos naturales. Al regreso, el must es observar los espectáculos de capoeira en la arena y luego caminar hacia el pueblo, a vitrinear en tiendas ropa como Jeriarte, Penaareia y Freewind, y en joyerías como Javier Grasne y Alexandre Sidou. No deje de probar los helados de Gelato & Grano en la plaza. El de coco-chocolate es inolvidable.

ILHABELA, MAS DE 40 PLAYAS
Lo bueno de Sao Paulo son sus vuelos directos y pasajes que pueden costar menos de $ 200.000 si los compra por estas semanas. Una excelente opción como punto de partida para unas vacaciones playeras está a cuatro horas de esa ciudad brasilera: Ilhabela, donde tienen sus casas de veraneo muchas familias paulistanas. De ambiente relajado y donde el traje de baño es el vestuario casi permanente, en esa isla hay 40 playas para nadar o mirar los yates que se pasean por la bahía.

Eso, además de un pueblito llamado Vila, lleno de restaurantes y locales con artesanía típica, y paisajes selváticos para hacer trekking y bañarse en una cascada. “Es un lugar muy ABC1, bastante seguro y familiar”, resume Gladys Kraft, brasileña residente en Chile que viaja con frecuencia hasta allá para vacacionar.

Es fácil llegar. Cuando se arriba a Sao Paulo hay que trasladarse al rodoviario Tieté (por la Línea 1 del metro, hasta la estación Portuguesa-Tieté), donde parten buses hasta Sao Sebastiao ($ 12.700 p/p la ida). Desde ahí se aborda un ferry: las balsas zarpan cada 30 minutos y son gratis para peatones. Ojo que en temporada alta podría tocarle una fila de más de 60 minutos.

¿Cómo movilizarse dentro de la isla? Hay autobuses que pasan cada 15 minutos y que por menos de $ 500, lo llevan hasta la mayoría de las playas. Vaya primero a la Vila, el pueblo del lugar, para visitar sus tiendas y restaurantes. Son casitas de colores donde puede comprar desde un bikini ($ 30.000 en promedio) hasta artesanía hecha con maderas. Hay algo, eso sí, que debe comprar antes que todo: repelente.

La isla está llena de mosquitos que los lugareños llaman “borrachudos” y si no toma resguardos, pueden ser una pesadilla.
¿Almorzar ahí? La comida no es barata, pero por unos $ 17.000 puede probar un plato contundente, un jugo natural o cerveza y un postre. Pruebe la casquinha de siri, parecido a nuestro pastel de jaiba, más pulpo. Si come en una de las playas, puede pedir platos para compartir que no cuestan más de $ 5.000 e incluyen pescado frito, porotos negros con arroz y trocitos de pollo.

Lo que debe saber es que la playa Grande es una de las más conocidas. Es amplia y cuenta con varias posadas y hoteles, donde puede quedarse por precios que van entre los $ 30.000 y los $ 50.000 diarios. En la Pousada Mirante da Praia Grande, por ejemplo, la habitación para dos, con desayuno y vista al mar, cuesta $ 47.000.

Hacia el sur, está playa Curral, una de las más concurridas de la isla y con varios bares y locales para comer. Su mar es calmo, ideal para que los niños naden o den sus primeros pasos en el stand up paddle, ese deporte que se hace con una tabla parecida a la de surf y con un remo. Por $ 15.000 puede contratar una clase de una hora. Si lo que busca es wind o kitesurf, vaya hacia el norte, a la playa Da Armação. Ahí hay instructores para enseñarle este deporte. Pregunte por una de las mejores: Adriana Kostiw, velerista que compitió en las Olimpíadas de Atenas y Londres. Por menos de $ 50.000 le dará sus trucos para dominar las olas.

¿Alguna playa más solitaria? Jabaquara, en el extremo norte de la isla, que tiene 500 metros de arenas blancas y aguas turquesa. En uno de sus extremos, en la desembocadura de un riachuelo, se forma una laguna de agua dulce. También vale la pena hacer un trekking por las áreas selváticas del lugar y refrescarse en una cascada al final.
Con tanto por hacer de día, Ilhabela no se destaca por su actividad nocturna, pero en Vila hay un par de pubs con buena música -combinación de electrónica, jazz y bossa nova-, terrazas y buena coctelería. Dos recomendables son CreOula y Bar Sao Paulo. Pruebe las caipiriñas hechas con jugos de frutas de la estación, como laranja (naranja) o abacaxi (piña).

BOCAS DE TORO, PANAMA
El New York Times eligió en 2012 a Panamá como uno de los 45 lugares del mundo que hay que visitar. Eso, por dos razones: una, por lo entretenida que se ha vuelto su Ciudad de Panamá, con lujosos circuitos gastronómicos, culturales y comerciales, y dos, por Bocas del Toro, el archipiélago en el Caribe panameño que hoy todos los amantes de los panoramas al aire libre quieren visitar.

En las nueve grandes islas y las 200 más pequeñas que lo componen funcionaron compañías bananeras a comienzos del siglo XX. La principal es Colón y su epicentro, el pueblito de Bocas del Toro o “Bocas Town”, con casonas de estilo caribeño construidas a orilla del mar y que parecen una versión tropical de los palafitos chilotes.

Para llegar acá, lo primero es el vuelo a Ciudad de Panamá (en Copa Airlines, cerca de $ 500.000). Como son 500 km los que la separan de Bocas del Toro, lo mejor es tomar un vuelo de apenas 45 minutos, que cuesta alrededor de $ 150.000. Cuando esté a punto de aterrizar en Bocas, desde el aire verá islas de verde generoso, rodeadas de aguas cristalinas y de los arrecifes de coral más grandes del Caribe.

El pueblo es pequeño y, por eso, todos se mueven a pie o en bicicleta. Llegar a las otras islas es sencillo: abundan los taxis acuáticos que lo llevan a cualquier parte por $ 1.000.

Hasta hace una década, apenas había infraestructura turística ahí, pero ahora hay decenas de restaurantes y hoteles boutique. Como el Tropical Suites, que está en la calle Primera de Bocas y cuenta con 20 habitaciones repartidas en un caserón de cuatro pisos que está sobre el mar. Casi todas tienen terrazas con vista al Caribe y una, que está sobre el agua, tiene piso transparente para ver peces de colores mientras descansa.

En la península apenas encontrará resorts y hoteles con actividades variadas. Hay una razón para eso: Bocas Town se disfruta puertas afuera, haciendo trekking por sus islas, buceando por sus arrecifes de coral, o conociendo los manglares. “El pueblo queda desierto después del desayuno”, cuenta Francisca Godoy, product Manager de Cocha, agencia que ofrece un programa de tres noches en Bocas del Toro y dos en Ciudad de Panamá.

Uno de los tours más originales es el de cacao. Lo hace Oreba, un operador turístico del pueblo de Almirante, ubicado a 30 minutos de Bocas Town y al que se llega en lancha. Son tres horas de recorrido por extensas plantaciones de cacao y donde verá cómo pequeños productores indígenas fabrican chocolate de manera artesanal. Cuesta unos $ 16.000 e incluye almuerzo y una barra de chocolate. Si quiere llevar más, hay pequeños puestos donde comprar otras barras para llevar.

¿Dónde divertirse en la noche? En Aqua Lounge, el bar de Isla Carenero que está sobre el agua (a menos de cinco minutos en bote desde Bocas) y que todas las noches se llena de gringos y surfistas. Ahí llegan a oír tocatas de reggae. De hecho, puede ir con traje de baño para dar un chapuzón en la piscina natural que está junto a la terraza.

MAS ALLÁ DE QUITO
Hay dos destinos que merecen extender su estadía en Ecuador una vez que aterrice en su capital: Mindo y Atacames. Aunque el vuelo de cinco horas está a unos $ 330.000, allá todo es bastante barato y lo compensa.

La vida lenta, las mariposas y el olor a chocolate definen al poblado de Mindo, un pequeña porción de selva cubierta de nubes a tan sólo 80 km de la capital. Si es amante de la naturaleza, éste es su lugar, con máximas de 25°C y un poco de lluvia. Llegar es fácil: para ir en bus hay que llegar al terminal La Ofelia y elegir la flota Flor de Valle que parte a las 8 AM, 9 AM y 4 PM por unos $ 1.000. Si quiere que lo vayan a buscar, sólo debe pedirlo con un día de anticipación y por $ 28.000, Carmen de Garzón (+593995273073) coordinará un vehículo que llegará a donde esté. Aproveche de hacer una parada a mitad de camino, en el Monumento a la Mitad del Mundo, y tomarse la típica foto con un pie en cada hemisferio.

Parta el día dejando sus maletas en el Sisakuna Lodge (www.sisakunalodge.com, desde $35.000 la doble hasta $70.900, la para cuatro). En la zona de hamacas podrá descansar y ver alguna de las 20 variedades de colibríes. En el pueblo, más tarde, podrá visitar el mercado y probar su morocho, bebida tibia parecida al arroz con leche.

No se puede perder el mariposario con 2.000 especies revoloteando a su alrededor, donde además hay un restaurante, con jugos de guanábana (como la chirimoya) o frutilla morada, dulce y ácida en proporciones ideales ($ 1.500). El plato aquí es la trucha envuelta en una hoja llamada bijao ($ 6.700), con “yuquita” frita. Por la tarde, pase por El Quetzal de Mindo, un local que ofrece un tour de chocolate ($ 5000 p/p) y que consiste en recorrer plantaciones, fábricas y, al final, degustar un brownie.

En Mindo oscurece a las 6.30 PM, hora perfecta para asistir a un “concierto de ranas” en el complejo Mindo Lago. Imagínese un paseo de una hora, a oscuras en medio de la selva, sólo iluminado por unas linternas, plantas y troncos fosforescentes del lugar. De pronto, cientos de ranas croando al unísono. No se asuste: la visita es guiada, en grupos de 10, donde verá búhos, mariposas y armadillos en el camino.

Cuando llega el verano, los quiteños piensan en Atacames, la ciudad nortina con playas de aguas turquesa y a la que se llega, en cuatro horas, en buses de la flota Panamericana del terminal Quitumbe (cerca de $ 5.000).
Recomendable es el Hotel Club del Sol, con suites desde $ 45.500 y habitaciones familiares por $ 115.224. Hay piscinas y zonas de juegos para los más pequeños; también, hamacas para leer un libro.

Si desea comer, tiene dos opciones: ir a las cocinerías por un encocado de camarones ($ 4.000), con abundante arroz, maíz tostado y plátano frito, o ir al local más famoso de la ciudad, El Pandao, por un trozo de pargo (un pez rojo) con tomate, cebolla, pimiento y hierbas, bañado en jugo de coco y envuelto en hojas ($ 8.500).

La tarde pásela junto al mar tibio, y pruebe en sus “parasoles” o chiringuitos su cocoloco, una mezcla de coco y caipiriña ($ 2.900). De fondo, oirá la salsa, el merengue y la cumbia que siempre abundan en la región más “afro” de Ecuador. A los niños, sorpréndalos con una “hawaiiana”: piña ahuecada con helado ($ 2.000).

UNA AVENTURA POR EL LITORAL DE PERU
Según el Sernatur, Perú es el segundo país más visitado por chilenos en vacaciones, después de Argentina.
Aunque los destinos más solicitados son Cusco-Machu Picchu y Máncora, en la región de Ica, la zona de la costa desértica de la zona centro sur del país, existen varios tesoros escondidos como el oasis de Huacachina, Lanahuaná y la playa de Paracas, con mejor infraestructura hotelera.

Para llegar a estos destinos primero hay que hacerlo a Lima ($ 313.000 en Lan, en febrero), en un vuelo que dura tres horas y media. Desde Lima, la mejor opción es partir a la ciudad de Ica, en los buses Oltursa ($ 11.000). No deje de probar en la viña Lovera Pérez el pisco peruano de exportación. Se puede visitar todos los días hasta las 6.30 PM y presenciar el proceso de fermentación. Obviamente, podrá degustar el frutal sabor del destilado de la zona.

A cinco kilómetros de ahí, en taxi, está el Oasis de Huacachina. Es algo que en Chile no se ve: una laguna ubicada entre las dunas, rodeada de casas y hoteles, como el de Las Dunas (entre $ 35.000 y $ 50.000 la habitación matrimonial). Tiene piscina y juegos para niños, y ahí mismo se arriendan buggies para recorrer las dunas ($ 17.000 p/p) o para ir disfrutar de una cena en medio de los cerros de arena con una agradable temperatura.

Hacia la costa, a 40 minutos en bus, está el balneario de Paracas, con un clima de 28°C promedio. Báñese en sus coloridas playas y de vientos refrescantes. Si se acerca al malecón, habrá lanchas esperando para hacer el tour por las Islas Ballestas, una reserva natural que podrá recorrer durante dos horas las loberías.

Al regreso, no se pierda la corvina iqueña a la parrilla en tacu tacu de pallares verdes con sarsa criolla de mango (cerca de $ 8.000) del restaurante El Coral, del Hotel La Hacienda Bahía Paracas. Alojar ahí no es barato ($ 145.000 la doble), pero el lugar no sólo tiene instalaciones de alto estándar, sino que, además, un spa con tratamientos hechos con insumos de la costa.

¿Falta acción? Comience el retorno tomando la Panamericana Sur en dirección a Lima, pero deténgase en Lunahuaná. El pueblo es parecido al Valle del Elqui y está atravesado por el caudaloso río Cañete, donde se puede hacer canotaje y quedarse en el Hotel El Molino ( $ 67.000 la matrimonial). Ubicado a la orilla del río, podrá ir a uno de sus restaurantes y comer el delicioso chupe de camarones, además de probar el mejor pisco sour de Perú, con maracuyá. Si quiere degustar algo local, vaya a una de las casonas de adobe del lugar (restaurante Refugio de Santiago) y pida el plato de colas de camarones salteadas con hierbas aromáticas.

ARGENTINA, PLAYAS DE PINAMAR Y CARILO
Ubicado a 340 kilómetros al sudeste de Buenos Aires, Pinamar es uno de los principales balnearios visitados por los argentinos. Es una mezcla de mar y bosque, que permite disfrutar de las playas de ocho kilómetros de largo y recorrer los senderos de árboles de pino. Al estilo de lo que ocurre en balnearios como Santo Domingo, en Chile, no existen rejas o paredes entre una casa y otra, sino sólo cuidados jardines.

Llegar desde Buenos Aires a esta localidad toma cerca de cuatro horas en auto y un poco más en bus, desde el Terminal de Retiro.
¿Qué se puede hacer? Como hay dunas en la parte norte de este balneario, es común ver por las tardes a los más jóvenes practicando sunboard, el surf que se que se hace en pendientes de arena. Eso, además de cabalgatas para recorrer sus extensas playas. Si es amante del golf, sepa que en Pinamar hay dos canchas: la de Campos de Golf, con 18 hoyos (US$ 260 la hora) y la del Playas Hotel Pinamar, con nueve para principiantes.

La oferta hotelera acá es amplia, pero no necesariamente barata. Una habitación doble en el Hotel del Bosque cuesta $ 2.500 argentinos (cerca de $ 170.000) y con cama adicional por $ 300 argentinos más. Es una buena alternativa si va en familia, porque se puede ir caminando a la playa y porque tiene instalaciones pensadas para los más pequeños: una piscina temperada y una al aire libre, zonas con juegos, monitores que organizan actividades y menús para ellos en sus restaurantes. Para los adultos, hay casino de juegos, dos canchas de tenis, una de paddle, otra de vóleibol y spa.

A cinco kilómetros de Pinamar, está el balneario de Cariló, ansiado por los bonaerenses por ser un lugar perfecto para el descanso, con dunas, mar y bosque. Además, con excelente ruta gastronómica. Vaya al De mi Campo, famoso por sus parrilladas y un espacio para que los niños jueguen.

La hora del té es un clásico en este lugar. Para eso, anote: el salón Tante, tiene a partir de las 5 PM más de 10 variedades de esta bebida, servida en una tetera de hierro, bien acompañadas de tostadas caseras, mermelada, jugo de naranja y strudel.

Etiquetas

RECOMENDAMOS