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Columna: Buscando un bar-bar

Por Cristóbal Fredes La pregunta se la hago a un amigo que acostumbra a recibir a extranjeros de visita: ¿A qué bares los llevas cuando vienen a Santiago? “Al Liguria”, “a Casa de Cena”, me responde. Mi pregunta tenía algo de capciosa. Más que escuchar cuáles eran, quería saber si -como sospechaba- diría lugares que […]

Foto: María Ignacia Concha

Por Cristóbal Fredes

La pregunta se la hago a un amigo que acostumbra a recibir a extranjeros de visita: ¿A qué bares los llevas cuando vienen a Santiago? “Al Liguria”, “a Casa de Cena”, me responde. Mi pregunta tenía algo de capciosa. Más que escuchar cuáles eran, quería saber si -como sospechaba- diría lugares que en realidad no son bares, sino restaurantes. La culpa no es de él, es de la ciudad. Tan discreta es nuestra oferta de bares que, queriendo ir a uno, terminamos eligiendo sitios donde ponen cubiertos como bienvenida.

Hace justo un año, circulaba una nota sobre los 10 mejores bares de Santiago según el diario británico The Guardian. Allí se destacaba, entre otros, al Liguria (cuya sede de Manuel Montt se parece, a veces, a un bar) y a dos de la calle Lastarria: el Bocanáriz y el Chipe Libre. Ambos tienen buenos conceptos en torno a lo que se toma: el primero se especializa en vinos; el segundo, en piscos. Pero a menos que uno acepte que está bien rodearse de turistas con tal de probar un buen vino o que un pisco de calidad puede más que un ambiente medio empaquetado, no veo razones para visitarlos muy seguido en plan bar.

¿Qué le piden ustedes a un bar? Yo no demasiado y, aún así, me cuesta encontrar. Le pido una razonable oferta de tragos y de comida sencilla y, especialmente, que tenga buen ambiente: que no sea serio, que deje espacio a la espontaneidad, que estimule alguna interacción entre gente que no necesariamente se conoce. Tan importante es el ambiente, que hay quienes terminan sacrificando la carta y prefieren picadas de cerveza de litro y papas aceitosas (el Rapa Nui, en Providencia, por ejemplo) únicamente por la buena vibra que tienen. Lo entiendo y también practico a veces algo parecido.

Me gusta el bar del hotel The Singular, en Lastarria (cómodo, clásico, linda vista), pero como no es precisamente el sitio más entretenido, acabo inclinándome por la calidez de otros lugares, como The Shamrock, en las Torres de Tajamar, un bar de barrio, de luces tenues y buenas cervezas.

“No hay buenos bares en Santiago”, es una frase que digo con frecuencia. Exagero. Hay, pero escasean. El Ruca Bar, en barrio Italia; el Taringa, de Vitacura, y el mítico La Unión Chica, en el centro, son algunos de los que tienen alegría y reúnen a una comunidad en torno a ellos. Pero sigo repitiendo esa frase, con la esperanza de que aparezcan más. De que no tengamos que hacer cosas como elegir un restaurante la próxima vez que queramos ir a un bar. A un bar-bar.

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